






![]() | Hoy | 185 |
![]() | Ayer | 219 |
![]() | Esta semana | 185 |
![]() | Última semana | 1771 |
![]() | Este mes | 5776 |
![]() | Último mes | 8777 |
![]() |
Paz y Bien |
![]() |
Asamblea Parroquial
Renovación para un mejor servicio al hermano
1 - Sentido eclesial de la Asamblea Parroquial.
-
Una Asamblea Parroquial; es fundamentalmente un acontecimiento eclesial, ya que la Iglesia reunida en asamblea de oración y reflexión, de alguna manera repite las bases que la Iglesia realiza a otros niveles para buscar nuevos caminos, crear nuevos perfiles de los instrumentos humanos, dejar que el Espíritu como en Pentecostés la vivifique para ser en "Cristo como un sacramento..." (L. G. 1).
-
Pero cada asamblea es también un acontecimiento para la Iglesia local cuya vitalidad depende de las parroquias que son como células de esa Iglesia (A. A. 10). En el caso de la Acción Católica, deberíamos tener en el año de las asambleas las fechas en que cada parroquia realiza la propia para que toda la diócesis esté en comunión, sosteniendo con la oración a los hermanos reunidos en asamblea, aspirando así al ideal que nos presenta el Libro de los Hechos, donde "la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma" (Hech. 4, 32).
-
Una asamblea es un momento de gracia, de presencia del Señor, pues donde hay dos o más reunidos en su nombre está Él.
-
Una asamblea es un momento de conversión para que "revestidos de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándonos unos a otros y perdonándonos mutuamente si alguno tiene quejas contra otro" (Col. 3, 12-13) (Fil. 2, 1-5) para ser la Iglesia más creíble y llamar a los hombres a la comunión con Dios por Cristo.
Pero hoy la conversión pasa también por el esfuerzo de renovarse ("Aggiornamentto", puesta al día), según "la sabia penetración del espíritu del Concilio que hemos celebrado, decía Pablo VI, y aplicación fiel de sus normas feliz y sanamente emanadas".
Pensemos que en esta línea tenemos la tarea pendiente de desarrollar la psicología nueva de la Iglesia: clero y fieles tendrán que desplegar una magnífica labor espiritual para la renovación de la vida y las acciones según Cristo Señor".
He aquí un auténtico programa para cada una de nuestras comunidades y nuestras instituciones.
No puede realizarse ninguna asamblea eclesial, sin que se dirija la mirada hacia la Asamblea conciliar porque ella "constituye un acontecimiento providencial, gracias al cual la Iglesia ha iniciado la preparación próxima del jubileo del segundo milenio" (T. M. A. 18).
La Iglesia hoy debe transitar el camino de la Reforma Pastoral, y este camino es el Concilio, por eso "debemos renovar – decía Juan Pablo II – el compromiso de aplicar lo más posible, la enseñanzas del Concilio Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la Iglesia" (T. M. A. 20).
Algunos de los dolores y escándalos que la Iglesia ha sufrido y sufre, creo que encuentra algunas de las causas en no haber conseguido realizar la gran promesa espiritual del Vaticano II y nuestra rendición a la cultura dominante, que ha generado lo que se suele llamar "catolicismo light", por eso creo, humildemente, que el desafío fundamental de la Iglesia, es hacer vida y proyecto pastoral y apostólico las enseñanzas del Concilio, así lo expresaba el card. Ratzinger: "El objetivo de comunicar las reales afirmaciones del Concilio a la conciencia eclesial y de plasmarla a partir de esta última está todavía por realizarse" ("La mía vita").
La Reforma es intrínseca a la naturaleza y misión de la Iglesia. "De hecho - dice Benedicto XVI – vemos como siglo a siglo nace también la fuerza de la reforma y de la renovación; porque la novedad de Dios es inexorable y da siempre nueva fuerza para seguir adelante" (L'Obs. Rom.: 15. I- 10).
El lema de la asamblea evidentemente está en esta línea: Renovación para un mejor servicio a los hermanos.
"Mirada hacia el pasado y hacia el futuro", en el marco del Bicentenario.
Esta asamblea parroquial se realiza en el marco del Bicentenario de la Revolución de Mayo, y una comunidad que mira hacia el futuro, es una comunidad que se proyecta en una acción evangelizadora, pero como el árbol solo se proyecta, y crece si tiene raíces, que le dan solidez y en última instancia las acciones que proyectan se nutren de otras acciones, de otras asambleas, de vidas entregadas al evangelio, Juan Pablo II nos proponía al lanzar el novenario de años, para celebrar los 500 años del inicio de la evangelización en América, que miremos hacia el pasado, lo conozcamos, lo asumamos y luego miremos hacia el futuro. Debemos ser agradecidos y respetuosos con el pasado evangelizador de nuestras comunidades.
"Una Iglesia sin conciencia histórica o con una conciencia negativa o falseada de su historia que reniega de su pasado, es una Iglesia que no tiene certeza sobre su presente y sobre su futuro, obligada a vivir en total dependencia que le digan quien es Ella. La falta de identidad neutraliza a toda la Iglesia para su acción evangelizadora, misionera" (P. Roberto J. González Raeta: "Mons. Aneiros y los indios del sur" - Tesina).
Juan Pablo II en Santo Domingo nos hablaba de la mirada hacia el futuro, y en ese contexto mencionaba los desafíos, los retos del momento, las limitaciones que debía asumir, pero creo, que el gran desafío de la Iglesia hoy es la Iglesia para sí misma en un profundo esfuerzo por renovarse, por hacer conocer el Concilio, por renovar la eclesiología, la cristología, el clima de relaciones intraeclesiales entre laicos y consagrados, el desafío hoy se llama Renovación en el espíritu del Concilio (Ej. Restauración de los frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel).
2 – "Silencio sobre lo esencial"
En esta tarea que Dios nos pide de Renovación, de conversión, debemos volver sobre lo esencial, especialmente en tiempos de profundos desafíos para la Iglesia y para la humanidad.
El título de un libro de Jean Guitton: "Silencio sobre lo esencial", es sumamente sugerente e inspirador, especialmente en un tiempo donde percibimos una situación de crisis, debemos comprender que ésta no es un accidente o un paréntesis. "El mundo está en crisis. Lo que se llama «historia» no es en el fondo sino la narración de esta crisis, que recomienza bajo formas diversas e inevitables". El problema presente es saber si la crisis actual difiere en grado o en naturaleza de las crisis antecedentes.
Nuestro autor piensa que difiere en naturaleza, es más rara, más profunda, poco discernible y representa para la humanidad la ocasión de una elección entre su desaparición o un nuevo comienzo.
Parecería que la humanidad estuviera en víspera de conocer una crisis que no afecta ya a tal o cual aspecto sino a la existencia de la humanidad como tal, por esto Benedicto XVI, muy acertadamente habla de "ecología humana" Se trata en definitiva de una crisis de las esencias, y con ella de las ideas que hasta ahora formaban el lazo entre las civilizaciones.
En este cuadro general, situacional, está la Iglesia, estamos los cristianos, enviados por el Señor que es Verdad, Camino y Luz.
También nosotros podemos caer y de hecho caemos en el riego de hacer silencio sobre lo esencial. Desearía detenerme, en aquello que silenciado nos paraliza en la acción apostólica y nos aleja de Dios: es el silencio sobre el amor.
San Pablo en I Cor. 13, 1-7, nos ayuda a centrar nuestra atención en lo fundamental: el amor.
Ante todo debemos recordar, cada día, que el amor siempre vincula, no desune, no separa, no desvincula sino del mal.
En Mc. 12, 38-44, el Señor rescata una profunda diferencia entre aquellos que dan, pero no se dan.
El episodio evangélico, nos lleva a meditar brevemente sobre el Altruismo y su contrario, el Egoísmo, o la casi patológica autorreferencia, que nos instala en un espíritu narcisista, propia de la "cultura del yo".
El Señor nos viene a sanar y a liberar, dándonos un corazón altruista.
Profundas son las raíces del egoísmo, ya que el hombre "abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en si mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos, es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, (...) sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (Cfr. Gen. 3, 1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre" (Benedicto XVI. "Mensaje para la Cuaresma del 2010). Esta es nuestra realidad y nuestro drama; de esto el Señor nos viene a sanar y liberar dándonos un corazón altruista y generoso.
El "Altruismo" cuya negación es el "Egoísmo" que no es otra cosa que el afán de búsqueda de sí mismo, mientras que el altruismo es el desprendimiento de sí mismo en la búsqueda del otro.
Los personajes que daban en abundancia, lamentablemente se buscaban a sí mismos, a diferencia de la viuda que daba todo lo que tenía y de la que Jesús no dirá nada sobre su recompensa porque tiene la recompensa en sí misma; a ella no le preocupaba el juicio de los hombres sino el de Dios.
El Señor define la condición de la viuda como de condición humilde, pero no solo por la falta de medios materiales sino porque su actitud es la de aquel que desterró de su corazón la soberbia que , dice san Agustín, es fundamentalmente "un amor perverso de sí mismo", "el deseo de una grandeza perversa" (Cfr. A. Sáenz). Y santo Tomás define a la soberbia como "el apetito desordenado de la propia excelencia" (Cfr. Summo Theol. II- II, 161, 6, c).
La actitud de los escribas también estaba marcada por la falta de sinceridad, por el doblez de sus intenciones ya que no buscaban la gloria de Dios sino la propia gloria y "les gustaba pasearse con largas vestiduras, ser saludados en la plaza y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes".
El problema de la sinceridad es en el fondo un problema de amor. "El hombre sincero no es tanto el que ve la verdad y la manifiesta tal como la ve, sino el que ama la verdad con amor puro" (Thomas Merton. "Los hombre no son islas").
Cuando Jesús habla de los escribas, debemos reconocer que "toda la cuestión de la sinceridad es, fundamentalmente una cuestión de amor y de temor. El hombre egoísta y estrecho; el que ama poco y teme mucho no ser amado, nunca puede ser profundamente sincero, aunque a veces tenga un carácter que parezca ser franco en la superficie. En lo hondo siempre estará envuelto en doblez" (Id).
También en el juicio que el Señor hace sobre ellos y sus actitudes, relaciona su falta de sinceridad con la vida de oración: "Fingían hacer largas oraciones" (Mc.12, 40). "La sinceridad es, quizás, la cualidad más vitalmente importante de la oración verdadera. Es la única prueba válida de nuestra fe, esperanza y amor a Dios" (T. Merton. Id).
Hermanos "no importa cuan profundas sean nuestras meditaciones, ni cuan grande nuestra liturgia, cuan puro nuestro canto, cuan nobles nuestros pensamientos a cerca de los misterios de Dios: Todo es inútil si en realidad no se pone recta intención en lo que se dice" (Id.). Duras son las palabras de Jesús cuando dice: "¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mt. 15, 7-8).
No debemos olvidar que toda virtud tiene como modelo a Dios, y así lo expresa san Pablo: "No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés sino también el de los demás. Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (Fil. 2, 3-5). Este debe ser el perfil de nuestras instituciones, de nuestras comunidades.
Debemos comprender que la verdadera felicidad se encuentra en el amor desinteresado, en el amor que aumenta a medida que es compartido. Pero no basta compartir el amor: tiene que ser compartido libremente. Es decir que debe ser dado; no dejado simplemente que nos lo tomen.
El amor nos saca de toda pasividad y mediocridad, nos hace creativos en el apostolado.
En la viuda, Jesús encuentra altruismo, humildad y sinceridad en su ofrenda.
Frecuentemente en nuestra tarea apostólica, tan llena de actividades y de eventos, corremos el riesgo de hacer "silencio sobre lo esencial", y lo esencial es el amor. Sin amor, nos enseña san Pablo, todo es vanidad. También podemos correr el riesgo de que Jesús nos advierta: "debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo" (Ap. 2, 4).
Todos estamos vinculados y estos vínculos superan el tiempo, pues no es otra cosa que la comunión de los santos, y es Dios el que sostiene y alimenta estos vínculos con su gracia, a la que siempre debemos estar abiertos. Siempre, lo vuelvo a repetir, debemos recordar que el amor vincula, pues es propio del amor vincular. El amor no desune, no separa, solo el mal desvincula.
En un tiempo y en un clima de desencuentros, rivalidad y violencia, nosotros somos testigos de un Dios que es comunión y amor. San Pablo no exhorta: "procuren el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada" (Col. 3, 14).
Hablar del amor es hablar del modo de vincularse entre las personas. Según como nos vinculamos es como nos amamos.
Debemos revisar, evaluar el sentido cristiano, evangélico de mi actividad en favor de los otros y preguntarnos:
¿Cómo me vinculo con Dios, con la Fuente del amor?
¿Tengo una vinculación rutinaria, interesada y centrada en mí mismo, en mis necesidades?
Hermanos, es importante experimentar el amor de Dios para amar a los demás, por eso también debemos preguntarnos:
¿Me vinculo de tal manera que puedo recibir el amor de Dios?
¿Me dejo amar por Él?
¿Valoro el estar en su presencia?
Debemos comprender que no hay otra fuente de Amor que no sea Dios, porque "Él es amor". La revelación de Dios nos descubre que el amor se origina en Dios, misterio de Comunidad Trinitaria. Esta es la fuente donde debemos abrevar para purificar y crecer en el amor. No dudemos, la calidad de las relaciones humanas está dada por la intensidad y la pureza del amor que se manifiesta en el trato que le damos a los demás. Pero no solo a los que intentamos servir, sino a los que con nosotros trabajan, a los compañeros del camino apostólico. De poco o nada serviría que yo trabaje por los otros si me llevo mal o siembro discordia en la institución a la que pertenezco; "los actos de caridad son siempre acciones de paz" (S. Teresa de Calcuta).
Dios por su palabra pauta la vida comunitaria y eclesial al decirnos: "Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz" (Ef. 4, 2-3).
Todos reconocemos que la herida del pecado original se manifiesta en las dificultades al relacionarnos con los hermanos, experimentamos las incomprensiones y los desencuentros, y solemos olvidar que "el deseo de dominar corrompe el espíritu" (S. Elredo de Rieval).
En nuestros grupos e instituciones debemos trabajar esta esencial dimensión de nuestra vida de discípulos misioneros del Señor que es el gran paciente, el humilde de corazón (cfr. Mt. 11, 29). A Él debemos imitar pues fracasaremos si queremos imitar a otros que no sean el Señor o si nos quedamos en nosotros mismos.
Jesús nos enseña que el amor es manso y humilde. Allí donde hay amor, hay humildad y mansedumbre.
La humildad y la mansedumbre favorecen el trato con el prójimo y, consiguientemente la presencia del amor de Dios en el encuentro fraterno.
Hermanos, cuidar la calidad de nuestras instituciones, supone cuidar la calidad de las relaciones interpersonales. Seamos cordiales en el trato, porque la cordialidad es propia del amor fraterno y de la vida comunitaria. Nuestro diálogo debe ser un encuentro de corazones. "Cor ad cor loquitur" – "El corazón habla al corazón" (Card. Newman) ¡Que hermoso lema para definir nuestra relación con los otros!; debemos tener "la capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como un regalo de Dios: un 'don para mí'" (Juan Pablo II. N.M.I., 44).
El clima de nuestras instituciones debe ser profundamente evangélico, de lo contrario seremos como la sal que perdió el sabor.
Por último, san Pablo nos enseña que el amor es paciente y servicial.
Es la paciencia la que permite sostener al hermano. Y ser soporte uno de otro. También la paciencia es necesaria para mantener la unidad de los vínculos, para vivir la comunión.
Dejemos que el Espíritu de Dios toque y cambie nuestros corazones, abrámonos a su acción, porque es el Espíritu el que une la paciencia a la servicialidad.
Nuestro tiempo está marcado por la desesperanza y es justamente la paciencia la que genera la esperanza.
Hermanos, nunca descuidemos lo esencial, y que el buen Dios nos ayude a comprender y vivir lo que nos aconseja san Juan de Dios: "Tengan caridad, porque donde no hay caridad no hay Dios" (Carta a Luis Bautista, 15). La parroquia debe ser una escuela de amor, porque en ella está el amor de Dios que se comunica a través de cuantos en ella participan.
3 – Construir la Iglesia.
Todos los que tenemos la fortuna y la responsabilidad de llamarnos cristianos-católicos debemos sentirnos comprometidos a "construir la Iglesia".
Este es, ante todo, el plan mesiánico de Cristo Salvador (Cfr. Mt. 16, 18) la mano de obra somos lo discípulos del Señor. Todos debemos preservar de la ruina que, por la evolución histórica y por la irreligiosidad de los tiempos nuevos, amenaza al edificio construido ya hace dos mil años de historia de la Iglesia aún viviente.
Recordemos las palabras que Jesús dirigió a san Francisco en la ruinosa ermita de san Damián: "Francisco repara mi Iglesia que amenaza ruina". La causa de esta amenaza era "la situación dramática e inquietante de la Iglesia de aquella época, con una fe superficial que no forma ni transforma la vida (...). Sin embargo, en el centro de esta Iglesia en ruina está el Crucifijo y habla: llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la Iglesia de san Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar la Iglesia de Cristo con su radicalidad de la fe y con su entusiasmo de amor a Cristo" (Benedicto XVI en Obs. Rom. nº 5, 29. I. 2010). "Siempre está latente la descomposición interior de la Iglesia y de su unidad". (Benedicto XVI. 27. I. 10). Esta amenaza está siempre latente en la Iglesia y todos somos responsables, para la tarea de evitar todo deterioro y construir la Iglesia es necesaria la conciencia apostólica, un corazón de discípulo y misionero del Señor.
4 – Unas palabras a la Acción Católica que vive su propia asamblea:
"La Acción Católica"
Digamos algunos pensamientos sobre la Acción Católica a la que el Concilio, en la A. A. 20, se refiere específicamente y para la cual Pablo VI deseaba que adquiriera un nuevo vigor, porque "ella pertenece al diseño constitucional de la Iglesia. Hacedla viva y eficaz" (A. C. I. Delegados Episcopales).
"Ella no ha sido superada, no es sustituible, no está exhausta, buscad los nuevos recursos, en sus mismas raíces interiores, en su razón de ser, en su profunda inmersión en las fuentes de la verdad, de la liturgia, de la gracia; en su cohesión con los pastores. Acción Católica debe ser vía maestra y camino real del laicado para profesar adhesión a la Iglesia, para llenarse, con la plenitud de su significado comprometedor, de 'Sensus Eclesial'" (Pablo VI a la Junta Central A. C. I.).
La llama también "Palestra de virtuosa actividad" (Id), escuela, laboratorio, palestra.
Todo esto nos lleva a pensar que no es válido aquello de que la A. C. es un fenómeno caduco, que tuvo su tiempo.
Pablo VI en una carta a la A. C. argentina del 12 de abril de 1964, la presenta como un camino real para el laicado. Pero dedica particular espacio a la formación, al estudio ya que la acción es hija de la idea, es la base de la eficacia, debe ser profunda y especial en los dirigentes, en este punto no se tema exagerar, esa es su fuerza.
Este solo tema daría para una reflexión, "la formación que debe ser sistemática y permanente, ya que para iluminar a todos los hombres – dice Juan Pablo II – deben ser testigos de la verdad y para ello deben adquirir una honda formación religiosa, que lo lleve a conocer cada vez mejor la doctrina de Cristo trasmitida por la Iglesia".
Recordemos las afirmaciones del card. Newman, que otras veces he citado: "Quiero un laicado que conozca su religión, que penetren en ella, que sepan el terreno que pisan, que sepan lo que sostiene y lo que no; que conozcan tan bien su credo que puedan dar razón de él, que sepan bastante historia para poder defenderlo. Quiero un laicado inteligente y bien instruido; no es que niegue que lo seáis ya, pero quiero mostrarme severo y, como algunos dirían, exorbitante en mis exigencias. Deseo que ampliéis vuestros conocimientos, que cultivéis vuestra razón, que echéis una mirada profunda a la relación entre verdad y verdad, que aprendáis a ver la cosas como son, que comprendáis como la fe y la razón se compaginan entre sí, cuáles son las bases y principios del catolicismo y dónde estriban la principales incoherencias y absurdos de la teoría protestante. No tengo ningún miedo de que os volváis peores católicos por familiarizaros con estos temas, siempre que cultivéis un vivo sentido de Dios y tengáis bien presente que vuestras almas han de ser juzgadas y salvadas. En todos los tiempos los laicos han dado la medida del espíritu católico" (Rev. "Newmaniana, Año XI. Nº 34, P. 30)
La A. C. debe ser el artífice, la gestora de instrumentos que hagan de la Parroquia una auténtica escuela de formación ya que por vocación debe formar cristianamente las conciencias no solo de sus miembros, deben ser un elemento fundamental en la renovación de la Pastoral parroquial.
Nuestra experiencia humana es la de no vivir solos; no estamos aislados, "no somos islas", necesitamos de los demás y los otros necesitan de nosotros; ¡Qué estupendo sería que en nuestras comunidades e instituciones se entendiera y se viviera esta verdad!, solo así se puede desarrollar una acción evangelizadora orgánica, de conjunto.
Benedicto XVI afirmó que, gracias a los carismas regalados por el Espíritu Santo, "la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que conduce a todos a la unidad profunda, asumiendo la diversidad sin abolirla y realizando un conjunto armonioso".
Al anunciar la fe, frente al escepticismo de moralidad, de humanidad, de trascendencia, casi de "disloque", el cristiano debe tener una comunidad de referencia práctica y habitual, esta es la parroquia como célula de la Iglesia local.
Debemos arrancar toda raíz de dispersión, "Y es justamente la parroquia la que presenta el modelo clarísimo del apostolado comunitario, reduciendo a la unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran e insertándolas en la Iglesia Universal" (L. G. 28).
Estimados militantes, "la Acción Católica no ha sido ni es entusiasmo efímero, una empresa de aficionados: ha sido y es todavía un verdadero don, un sacrificio serio, un servicio permanente" (Pablo VI. 8. XII. 1968).
La actividad de los miembros de la A. C. no es preferencia, ni gusto, ni pasatiempo, ni contingencias circunstanciales, sino asunto de capital importancia que se inserta en la sociedad como causalidad espiritual ya que son ustedes "el alma del mundo" (Carta a Diogneto).
La sociedad carece de lo que tienen ustedes por gracia de Dios: la fe, la competencia, la caridad en el corazón. Procuren ser dignos de este don y de dar testimonio con su alegría, con su energía y certezas cristianas.
Hace 7 año les proponía que trabajaran una pregunta: ¿Tiene todavía razón de ser la A. C. y por qué? Hoy desearía que se respondan dos preguntas: para evitar caer en el drama de la autorreferencia:
- ¿Cuáles son las estrategias de la Institución en relación al apostolado ambiental?
- ¿Cómo vive la A. C. su dimensión misionera?
Terminemos este encuentro eclesial con las palabras que Juan Vázquez les dirigió desde Roma en pleno Concilio:
"Sereno el espíritu, con la oración cálida y confiada por el continuo dialogo con el Señor, todos y cada uno de los militantes de nuestra querida Acción Católica Argentina, hoy representada en el Concilio Ecuménico Vaticano II en el último y más insignificante de sus miembros, contribuyan en real comunidad de sacrificios y gracias a esta tarea divina de hermosear a la Iglesia para que, como dijo el Santo Padre, en su discurso de apertura de la segunda sesión: «La Esposa de Cristo en Él se contemple y en Él quiere descubrir su propia forma; aquella belleza que Él desea de Ella, resplandeciente»"(Roma, noviembre de 1963). Para que "a Cristo vivo responda una Iglesia viva" (Pablo VI).
Que la Inmaculada Concepción, Madre del Señor y Madre de la Iglesia, nos conceda seguir progresando en el espíritu de Reforma Pastoral que nos propone el Concilio Vaticano II y en "la comunión, para trasmitir la belleza de ser una sola cosa en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Cfr. Benedicto XVI, 24. 1. 2010)
Monte Grande - 20- III- 2010
Mons. Roberto Juan González Raeta
Volver a la Sección de Asambleas Parroquiales










