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Asamblea Parroquial 2011
"Un SÍ rotundo a la Vida"
Propuesta del Humanismo Integral

Introducción
"Hoy tomo por testigo contra ustedes al cielo y a la tierra: Yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás, tú y tus descendientes" (Deut. 30, 19).
Quise comenzar este momento de común reflexión con esta cita del Libro del Deuteronomio, porque encierra ideas muy importantes:
- Dios nos ha dado el don de la libertad.
- Ha puesto la creación en nuestras manos.
- Nos hizo responsables y artífices de nuestro destino.
En este momento, al comenzar nuestras actividades parroquiales, que dedicamos como comunidad creyente y orante, como pueblo que vive del Viviente, para reflexionar, lo haremos sobre el don de la vida en "una cultura de la muerte" (Cfr. Evangelium Vitae).
A Cristo Señor de la Vida, que nos la anuncia y nos la comunica con el don total de sí mismo, que da sentido y valor a toda vida humana, le encomendamos la protección de cada ser humano llamado a la existencia, y que ilumine a nuestra dirigencia, especialmente a los legisladores para que no hagan leyes homicidas. A Él encomendamos este año que los obispos argentinos han declarado: "Año de la vida", "reconociendo la necesidad imperiosa de priorizar en nuestra Patria el derecho a la vida en todas sus manifestaciones, poniendo especial atención en los niños por nacer, como en nuestros hermanos que crecen en la pobreza y marginalidad" (C.E.A., 14.X.2010). La vida humana debe ser una prioridad en todas sus etapas y situaciones.
No pretendo tocar puntualmente el tema del aborto, que es un "crimen abominable" como lo califica el Concilio Vaticano II (G.S.51), y de cuya maldad ustedes son muy conscientes, sino que reflexionaremos sobre las causas y raíces del problema: una moral desconectada de Dios que genera un proceso de deshumanización de la cultura. Lo trataremos con sencillez, superando el mundo de la opinión, en el que cotidianamente estamos sumergidos y tratando de caminar hacia el mundo de la verdad.
La concepción del hombre
"Una buena parte de la filosofía contemporánea afirma que el hombre no es capaz de conocer la verdad. Y como consecuencia, el hombre que no es capaz de ella no logra tener valores éticos"; esto lleva a "la dictadura del relativismo".
Esta situación le implica al hombre aceptar como único criterio de referencia, la opinión de la mayoría. "De esta manera existen dos interpretaciones de la experiencia humana, una que se basa sobre la realidad y otra sobre una construcción de conveniencias de una realidad que se querría" (Mons. Silvano Tomasi, observador del la Santa Sede ante la O.N.U.).
En la base de toda esta problemática está la cuestión de si puedo conocer la verdad, y cómo la conozco. La visión tomista afirma que conocer consiste en "la conformidad del intelecto con la realidad", esto es: reemplazo "por un concepto de la realidad como construcción subjetiva y social en la cual la verdad y la realidad no tienen un contenido estable" (Tomasi id.). En esta afirmación se fundamenta la discriminación de género que desconoce los datos biológicos de hombre y mujer y fabrica un estatus que no responde a la realidad sino a un deseo; el rol de hombre o mujer es opcional.
Debemos ser conscientes de que la alianza entre ideología y pragmatismo es un desafío para la sabiduría cristiana que debe proponer su mensaje de humanismo integral.
"El hombre precisa de la verdad; igual que la comida y la bebida, la necesita para vivir. Es dueño de ella cuando la traduce en palabras, pero también cuando la siente en el silencio" (R. Guardini, ·"Quien sabe de Dios conoce al hombre").
Hay algo en el corazón humano que lo lleva frecuentemente a obrar con insensatez, que es la propiedad que lo impulsa a hacer proyectos sin Dios. A esto se suma la exaltación de la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores (Juan Pablo II, Vert. Spl. 32), instalando una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral donde no hay una verdad objetiva a la que libremente me adhiero. Así la verdad moral depende de cada hombre o de distintas corrientes de pensamientos.
Es fundamentalmente esta crisis en torno a la verdad la que esclaviza al hombre, haciéndolo esclavo de sí mismo. La crisis moral es en el fondo una crisis en torno a la verdad. Y el Señor nos enseña que es justamente la verdad la que hace libre al hombre (Jn. 8, 32).
Hoy vivimos sumergidos en una tempestuosa marejada de concepciones y acontecimientos inimaginables en otras épocas, en lo tecnológico, en lo científico, en lo legislativo. Pero sólo una cosa el hombre, pese a haber logrado un pujante poder sobre su entorno, no ha conseguido dominar: su propia conducta.
En la raíz de toda problemática humana y por lo tanto cultural, está la imagen del hombre y la relación de éste con Dios.
En nuestro tiempo conviven varias imágenes del hombre que determinan el acontecer de nuestra cultura. En ellas se fundamentan los proyectos sociales, las leyes, la política, la economía y hasta el mismo concepto de familia se siente afectado por estas imágenes.
La situación es grave por la portada que tiene, ya que es aspiración de las Naciones Unidas crear un nuevo orden internacional y para conseguir este objetivo se propone una nueva antropología (Cfr. S. Tomasi, ob. cit.).
Romano Guardini examina algunas de las imágenes características que del hombre ha acuñado la Edad Moderna (R. Guardini, id.).
Son ellas:
- La Imagen materialista, por la que el hombre no es más que materia extremadamente complicada.
- La concepción idealista en la que el hombre es una manifestación del espíritu absoluto.
- La imagen sociológica por la que el ser humano sólo es un momento de la totalidad social.
- La que surge del individualismo por la que solamente es hombre en cuanto como personalidad se apoya sobre sí mismo.
- La concepción determinista afirma que todo sucede según una necesidad inalterable; el hombre se mueve por completo en la necesidad de leyes universales, en definitiva una marioneta del destino. (Vg. Los distintos horóscopos).
- La existencialista, por el contrario, ve al hombre completamente libre y señor de sí mismo. Él es quien se da sentido a sí mismo, y se constituye en la medida de todas las cosas. Así el hombre se desliga de Dios declarándose autónomo, es decir, capaz y autorizado para fijar la ley de su propia vida, lo que conlleva al mismo tiempo la pretensión de poder entenderse a partir de sí mismo. Esta postura conduce cada vez más decididamente a convertir al hombre en algo absoluto. Adelantándome en la charla, ésta es la raíz de lo que se define como el drama del humanismo ateo como lo define el p. H. de Lubac. De esta manera el ser humano pierde su "referencia" a Dios y se entiende a sí mismo como un ser naturalmente autosuficiente, y a su obra como una creación autónoma.
Por estas concepciones se nos quiere convencer también que la Ley de Dios anula nuestra libertad, atribuyendo "a cada hombre o a grupos sociales la facultad de decidir sobre el bien y el mal: la libertad humana podría 'crear los valores' y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto que la verdad misma sería considerada una creación de la libertad, la cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que prácticamente significaría su soberanía absoluta" (Juan Pablo II, id. 57).
El culto al cuerpo, la autorreferencia y la fascinación por el éxito individual son algunas de las formas más visibles de esta concepción; es una concepción narcisista, cuando el ego es el que manda.
Estas concepciones no sólo desfiguran la imagen del hombre sino que lo hacen un ser desconocido, un hombre perdido, que no sabe quién es, ni de dónde viene, ni adónde va. De esta manera el hombre pierde el sentido de la vida y lo precipita a un estado de angustia llamada existencial.
Pero lo verdaderamente trágico es que se va acostumbrando a este no-saber, lo encuentra correcto, "verdadero" y hasta se siente orgulloso. Es un verdadero fenómeno patológico de amnesia que en el fondo se enraíza en "la amnesia de lo eterno" (Peguy); es decir, es la pérdida no sólo del sentido del orden sobrenatural, sino también del natural y por lo tanto del desconocimiento de la naturaleza o esencia del hombre, de la familia, de las leyes y de su fundamento en Dios. En definitiva el hombre contemporáneo es un ser que ha perdido el norte. "No se puede olvidar el nombre del Dios viviente y seguir manteniendo el propio nombre, el propio sentido de la vida y la propia trayectoria vital" (R. Guardini op. cit).
Para iluminar este estado de "oscurantismo", de amasijo de contradicciones, recordemos las palabras de la Sagrada Escritura:
"Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza,...Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer" (Gen. 1, 26-27).
San Agustín, a partir de este pasaje, tiene una iluminadora expresión: "¡Oh Dios nos has creado para ti!". "Dios establece con el hombre una relación, sin la que éste no puede ni existir ni ser entendido. El hombre tiene sentido, pero este sentido no radica en él sino que está por encima de él: está en Dios. Se puede entender al hombre no como algo cerrado que vive y se apoya en sí mismo, sino como alguien cuya existencia consiste en una relación: de Dios hacia Dios. Esta relación no es algo secundario sobreañadido a su ser, de forma que también sin ella pueda seguir existiendo, sino que en ella se apoya su ser" (Guardini op. cit). Debemos comprender que "la existencia del hombre tiene forma del hacia Dios y del desde Dios" (R. Guardini: "La conversión de san Agustín").
Todo esto está en la raíz de muchos de nuestros problemas que son fenómenos, efectos de desconocer a Dios como fuente y razón de nuestra existencia y de todo lo creado.
"Humanizar" al hombre y a la cultura.
Un desafío, que es materia pendiente y que está en la base de toda evangelización: la evangelización de la cultura. Es el resumen de los desafíos de toda la evangelización.
El señalarnos este desafío fue un gran aporte del siervo de Dios Pablo VI al afirmar: "que lo importante es evangelizar – no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus raíces – la cultura y las culturas del hombre...porque la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo" (Evangelii Nuntiandi, 20).
¿Qué entendemos por "cultura"? Con esta palabra, "se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (G.S. 53b) de modo que puedan llegar a 'un nivel verdadero y plenamente humano' (G.S. 53a). Es 'el estilo de vida común' (G.S. 53c) que caracteriza a diversos pueblos; por ello se habla de 'pluralidad de culturas' (G.S. 53c)" (Puebla 386). "La cultura así entendida, abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de valores que lo animan y desvalores que lo debilitan y que al ser participados en común por sus miembros, los reúne en base a una misma 'conciencia colectiva' (E.N. 18)", (Puebla. 387).
Es nuestro deber y responsabilidad, como cristianos, el "reducir las cosas a la verdad;...suscitando así una fuerza cultural y temporal de inspiración cristiana, capaz de actuar, sobre la historia y de ayudar a los hombres" (J. Maritain. "Humanismo Integral", 1934).
La Iglesia debe humanizar desde el humanismo cristiano, reconociendo que el humanismo no es auto-céntrico sino teo-céntrico, y no se lo puede concebir de otra manera si quiere ser presentado el verdadero humanismo. La sociedad contemporánea, por el contrario, en su cultura general (no evidentemente en todos los individuos que la componen) ha prescindido de Dios; es el drama y el fracaso del humanismo ateo.
Hoy se nos dice, frente al progreso de la ciencia y de la tecnología, que la Iglesia está contra este progreso. Juan Pablo II en la Redemptor Hominis (su primera y programática Encíclica), nos dice que si el progreso no permanece subordinado al hombre mismo, si no corre parejo con el acatamiento de las normas éticas, respetando la dignidad del hombre y de su destino, deja automáticamente de ser progreso al perder su propio objetivo. Hablar de la subordinación del progreso al hombre equivale a hablar de su subordinación a Dios. Un ser se define por su fin, y si el hombre no se define en orden a Dios, entonces ¿cómo definirlo?
Benedicto XVI afirma que: "Si se incrementa únicamente el propio poder por medio del propio conocimiento, este tipo de progreso se transforma verdaderamente en destructor...Se ha descuidado ese aspecto ético del que depende la responsabilidad frente al Creador...Pero no sólo los criterios del progreso deben ser repensados. Junto al conocimiento y al progreso, hay otro concepto fundamental de la modernidad: la libertad, que es entendida como libertad de poder hacer todo" (Benedicto XVI. "Luz del mundo").
El magisterio contemporáneo (Humanae Vitae, Donum Vitae, Viritatis Splendor, Fides et Ratio, Evangelium Vitae y otros innumerables documentos anteriores) nos plantea que perdido el sentido de Dios se pierde también el del hombre y viceversa.
"La historia del mundo es la lucha entre dos tipos de amores. El amor a sí mismo llevado hasta la destrucción del mundo; y el amor por el prójimo, llevado hasta la renuncia de uno mismo" (San Agustín, citado por Benedicto XVI, Id.).
Pero es verdad, advierte Juan Pablo II, que ya no se trata de tal o cual error puntual al cual le sale al cruce el Magisterio con su consiguiente refutación; se trata de una concepción del hombre que supone "una nueva moral" o, más bien, "no moral", radicalizada y extenuante, similar a una serie de artefactos explosivos colocados en lugares estratégicos para derribar todos los diques (Cfr. Domingo F. Basso, O.P.).
Son tiempos de mucha confusión alimentada, como en otros tiempos, por falsos profetas o falsos "doctores"; todo el mundo opina, vivimos no de la verdad sino de la opinión, se nos propone una ciencia sin conciencia, vivimos bombardeados por un conjunto de despropósitos. Ante tamaña confusión recordamos la exhortación de san Pablo:
"Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha venido a juzgar a vivos y muertos por su Manifestación y por su Reino. Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrán tiempos en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades, apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección, tu ministerio" (II Tim. 4, 1-5).
Como vemos, en la historia se registra el "corsi e ricorsi" que nos coloca en el corazón de la cultura profana, una cultura "desvida" que trae aparejada una "nueva antropología" y ésta a su vez, una "nueva moral" (o ninguna): la moral de nuestros días es intrínsecamente amoral.
Hoy todo se hace en nombre de una falsa libertad. Es verdad que, como dice san Columbano: "si iluminas la libertad, iluminas la dignidad" (Epist. 4 ad Attela), y que "El hombre puede convertirse al bien sólo en libertad" (G.S. 17). "Pero la libertad – dice Benedicto XVI – no puede ser absoluta, ya que el hombre no es Dios, sino imagen de Dios, su criatura. Para el hombre, el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o deseo, sino más bien debe consistir en la correspondencia con la estructura querida por el Creador" (L'Oss. Rom. Nº 3, 15.I.2010).
Frente a este horizonte Juan Pablo II, en su discurso ante la UNESCO, nos proponía una tarea, un desafío, trabajar para sembrar en el corazón de todos, "la sana ambición de ser hombres".
Debemos rechazar el canto de sirenas que nos propone acomodar el Evangelio, la verdad a los descubrimientos científicos, afirmando que todo lo que es posible es bueno.
¿En qué consiste "la sana ambición de ser hombre"?. Consiste en el reconocimiento de los valores que fundan su dignidad e invisten de responsabilidad a la persona y si dichos valores han sido olvidados o menospreciados, se impone con urgencia recuperarlos. En esto consiste la evangelización de la cultura. Un campo privilegiado para esta acción evangelizadora es el de la educación. Y así lo afirmaba el beato cardenal Newman al recordarnos lo necesario de educar para una posición espiritual:
"Tal posición debe ser, por encima de todas las cosas, la común: la conciencia de la obligación absoluta frente a la verdad. La meta de la formación no es el acopio del saber, ni siquiera la doctrina moral, sino la cultura del espíritu, la educación del espíritu para pensar rectamente en todas las ciencias, métodos, hechos, principios, doctrinas, verdades en las que el universo se refleja sobre el espíritu humano; los ve todos, no desprecia ninguno...y por eso tampoco conciente que se lesionen los derechos o se abuse de ninguno; ve en qué se relacionan mutuamente las verdades particulares, dónde se encuentran, dónde se separan, y dónde, por extremados, cesan de ser verdades". Y Benedicto XVI hace un llamado a invertir en la educación (Cfr. L'Oss. Rom. Nº 2, 8.I. 2010). Y afirma que "nuestra fe se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si ésta fuera demasiado grande para él. Estoy convencido de que esta resignación ante la verdad es el núcleo de la crisis de Occidente. Si para el hombre no existe una verdad, en el fondo no puede ni siquiera distinguir el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también, como vemos, pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo" Y afirmaba que "necesitamos la verdad... pero tenemos miedo que la fe en la verdad lleve a la intolerancia", y haciendo alusión a la imagen del Niño Dios en brazos de María y del Crucificado, deduce que "la verdad no se afirma mediante un poder externo, sino que es humilde y sólo se da al hombre por su fuerza interior: por el hecho de ser verdadera. La verdad se demuestra a sí misma en el amor. No es nunca propiedad nuestra, un producto nuestro, del mismo modo que el amor no se puede producir, sino que sólo se puede recibir y trasmitir como don. Necesitamos esta fuerza interior de la verdad" (Benedicto XVI. Homilía en Mariazell, Austria, 8 de septiembre de 2007).
Es sobre todo el educar para el amor lo que nos hace capaces de discernir y trasmitir las verdades humanas. La verdadera moral de este humanismo transita por las sendas del amor "sobre el cual seremos juzgados en la tarde de la vida", según el hermoso adagio de san Juan de la Cruz, reflejo fiel del precepto primario y sintetizador de toda ley y de toda doctrina, promulgada por Jesús. Sin el cumplimiento de este precepto, no existe humanismo imaginable.
El Humanismo Humilde
Demos un paso más para comprender el humanismo cristiano que supone y exige la virtud de la humildad. El humanismo cristiano es un humanismo humilde.
Preguntémonos, ¿Dónde está la fuente de la humildad?. San Agustín haciendo alusión a los pensadores y a la filosofía de su época nos responde:
"No se encontrará la humildad en los libros no cristianos, ni entre los epicúreos, ni entre los estoicos, ni entre los maniqueos, ni entre los platónicos. Ni siquiera se podrá encontrar la humildad en esos libros en que se dan excelentes preceptos sobre costumbres y disciplina. El camino de la humildad viene de otro lado: viene de Cristo" (Comentario al Salmo 31, 18).
El humanismo humilde reconoce, ante todo, el carácter creado del hombre. "En realidad – nos dice E. Schillebeeckx -, la humildad supone la aceptación leal de la grandeza del hombre, pero la considera como un valor creado. La humildad incluye la estima de sí, de la vida; pero ve en ella un regalo de Dios. La humildad es la conciencia de su estado de criatura, el respeto religioso con que acoge los valores naturales. La conciencia del estado de criatura está, por tanto, en la base del humanismo humilde" (El mundo y la Iglesia).
Santo Tomás de Aquino nos enseña que la diferencia del humanismo cristiano con otro humanismo como el griego está en que éste afirma que el hombre tiene confianza en sí mismo, y el humanismo cristiano nos invita a tener confianza en nosotros mismos, pero en nosotros como don de Dios. De esta manera la humildad es la norma del humanismo cristiano, el otro es un humanismo soberbio.
La expresión plástica más famosa que expresa el humanismo cristiano es el fresco de la creación del hombre de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
Toda construcción política, económica, técnica, científica depende de uno u otro humanismo.
La "ecología humana"
"La negación de Dios – afirma Benedicto XVI – desfigura la libertad de la persona humana y desbasta también la creación. Por consiguiente, la salvaguarda de la creación no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios (L'Oss. Rom. Nº 3, id)...Y Dios lo ha puesto como señor y responsable de la creación (Cfr. Gen. 1, 28-30; 2, 20).
Es un auténtico desafío para el hombre de nuestro tiempo, para nosotros cristianos, trabajar para una "ecología humana", es construir una paz duradera que supone la protección del ser humano y de su casa, la creación.
En el Mensaje para la XLIII Jornada mundial de la paz, Benedicto XVI afirma que "el hombre será capaz de respetar a las criaturas en la medida en que lleva en su espíritu un sentido pleno de vida; de otro modo despreciará el entorno en el que vive, la creación: Quien sabe reconocer en el cosmos los reflejos del rostro invisible del Creador, tendrá mayor amor a las criaturas". Por eso el Papa nos hace una pregunta: "¿Cómo construir la paz verdadera si separamos la protección del medio ambiente de la protección de la vida humana comprendida la vida antes del nacimiento?" (Cfr. L'Oss. Rom. Nº 3, id.).
La Paz y la Vida se nos presentan como bienes supremos en el orden civil y son correlativas (Cfr. Pablo VI Jornada de la Paz, 1977. "Si quieres la paz, defiende la vida"). Por lo tanto, para lograr la Paz auténtica y feliz, es necesario seguir estos imperativos: 'defender la vida, cuidar la vida, promover la vida' (Id.).Y agregaba: "No es sólo la guerra la que mata la Paz. Todo delito contra la vida es un atentado contra la Paz, especialmente si hace mella en la conducta del Pueblo, tal como está ocurriendo frecuentemente hoy, con horrible y a veces legal facilidad, con la supresión de la vida naciente, con el aborto" (id.).
Debemos trabajar para sensibilizar y hacer crecer la conciencia de la sacralidad de la vida; "¿qué quiere decir esto? – se pregunta Pablo VI -. Quiere decir que quede excluida de cualquier arbitrario poder supresivo, que es intocable, digna de todo respeto, de todo cuidado, de cualquier debido sacrificio" (id).
La supresión de la vida por nacer es la mayor de las violencias y "donde reina la violencia, desaparece la verdadera Paz" (id.).
Los Estados han hecho declaraciones en favor de la vida pero estas declaraciones pueden quedar en letra muerta como entre nosotros. Es responsabilidad de todo hombre y mujer de buena voluntad evitar esto, pero lo es especialmente para los cristianos, trabajando para sensibilizar a nuestros conciudadanos, muchos de los cuales aceptan casi sin pestañar la realidad del aborto en nombre del progreso, de la libertad y de los derechos de la mujer. La aceptación social del aborto es una realidad fatal, como reconociera el filósofo Julián Marías calificándolo como uno de los acontecimientos más graves que ha acontecido en estos tiempos. Todos estamos invitados a comprometernos a difundir en nuestros ambientes y en cualquier oportunidad, también en la catequesis, y en nuestros colegios, el Evangelio de la Vida, es decir, el valor sagrado de toda vida humana desde la fecundación hasta el ocaso natural, de modo que vayamos sustituyendo la mentalidad abortista que se intenta sembrar entre nosotros y la "cultura de la muerte" por una cultura que acoja y promueva la vida. Así lo reconocía Juan Pablo II en la Evangelium Vitae al decirnos que "es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida" (nº 100). Esto es uno de los objetivos pastorales de nuestra comunidad.
"Si quieres la paz, defiende la vida" (Pablo VI, 1977).
"Si quieres promover la paz, protege la creación" (Benedicto XVI, 2010).
El auténtico humanismo, dijimos, es el humanismo humilde que lleva al hombre a la gratitud hacia el Creador de todas las cosas.
En la galería de nuestros Santos, evidentemente sobresale san Francisco, un gigante de la santidad que se nos presenta como el modelo del humanismo cristiano que nos recuerda, con el Cántico del Hermano Sol que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador:
Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente al hermano sol,
el cual hace el día y nos da la luz.
Y es bello y radiante con grande esplendor;
de Ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas;
en el cielo las has formado claras, y preciosas, y bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire, y nublado, y sereno, y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustentamiento.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
con el cual alumbras la noche,
Y es bello, y fecundo (alegre), y robusto, y fuerte.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
Alabado seas, mi Señor, por quienes perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados los que las sufren en paz,
pues de Ti, Altísimo, coronado serán.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar;
¡ay de aquellos que mueren en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos que acertaron a cumplir tu Santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal.
Alabad y bendecid a mi Señor
y dadle gracias y servidle con gran humildad.
Podemos con humildad agregar:
Alabado seas Señor, por el hombre hecho a Tu imagen y semejanza.
La cita que mencionamos al comienzo, culmina con una afirmación muy importante que es la condición para no equivocarnos en el ejercicio de nuestra libertad, y consiste en vivir: "amando a Yahvé tu Dios, escuchando su voz, uniéndote a él; pues en eso está tu vida, así como la prolongación de tus días..." (Deut. 30, 19).
Que el Señor bendiga todo los trabajos que desarrollemos en favor de la vida.
Monte Grande - 19- III- 2011
Mons. Roberto Juan González Raeta
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