EL LAICADO EN LA ANTIGÜEDAD

CAPÍTULO PRIMERO

RAÍCES DE LA VOCACIÓN Y LA ESPIRITUALIDAD
LAICAL EN LOS SIGLOS I Y II

1 - Introducción

En el año del centenario de la Parroquia, con el deseo de renovarnos en el espíritu del Concilio Vaticano II, para vivir intensamente la consigna, asumida como lema, que Pablo VI nos dio en la primera alocución al retomar los trabajos conciliares: A Cristo vivo, responde una Iglesia viva, presentamos este sencillo aporte.

Todos estamos convencidos que la fuente de vida es Cristo que nos la trasmite muy especialmente en la Eucaristía, cumbre y fuente de la vida cristiana y que como dice S. Agustín, “es un alimento que no asimilamos sino que nos asimila…”.

En el marco de la celebración de los 40 años de la clausura del Concilio Vaticano II y en vista a la preparación del Congreso Nacional de los Laicos; les acerco este material que contempla la vida de los laicos y su actividad en dos momentos fundacionales de la Iglesia, siglos I-II y siglo IV en Antioquia en tiempos de San Juan Crisóstomo. El tema dominante y fruto del mismo, será el laicado, sus raíces, su teología y espiritualidad.

El tema mira a afianzar la autoconciencia de la Iglesia y ayudará para que nos preparemos al «Congreso Nacional de los Laicos».

La identidad depende de la memoria, esta nos impulsa a mirar hacia nuestro pasado, pero también porque toda novedad en la Iglesia está legitimada por el pasado; esto lleva a un Papa de la antigüedad (Esteban) a decir Nihil innovetur nisi quod traditum est: (Lo nuevo no es legítimo, sino cuando hace vivir en el presente los valores antiguos imprescriptibles”).

Nos vamos a detener en el período más antiguo que abraza desde finales del siglo I a los últimos decenios del siglo II, el tiempo de los Padres Apostólicos.

En este período, prevalece un fuerte sentido de unidad de la Iglesia y de la novedad del cristianismo visto como “estirpe nueva” que se contrapone al viejo mundo pagano. El acento está puesto, por lo tanto, en la novedad de la vida de los cristianos y sobre su identidad, sin ninguna preocupación de resaltar las distinciones de roles dentro de la Iglesia, concebida como el nuevo y único pueblo de Dios.

En este período, el más antiguo, los cristianos, desde el principio, han sentido y visto de modo preponderante la unidad de la Iglesia reunida en el ágape y en la celebración de la Eucaristía. Viene así, subrayada la igualdad fundamental del único pueblo de Dios llamado en Cristo a la salvación y a la santidad de vida.

Las fuentes en que abrevaremos son: La Didajé, La Primera Carta de Clemente Romano, La Carta a Diogneto, y fuera de este período, la actividad pastoral del Gran Juan Crisóstomo, como presbítero en Antioquia durante el siglo IV.

Es una nota característica de este período, el tener muy amalgamado dos aspectos fundamentales de la Iglesia, la unidad y la estructura carismática-jerárquica de la misma. Los laicos por lo tanto, aunque si en muchos de estos textos no aparece todavía el término técnico, están muy presentes y activos en el corazón de las primeras comunidades cristianas.

En este contexto aparecen otros nombres característicos que sustituyen el término específico indicando la misma realidad. Los nombres más comunes suelen ser: hermanos, compañeros, santos, creyentes, cristianos…

Ciertamente que ocupa un puesto central, dado el tema que nos ocupa, el texto de Clemente Romano que analizaremos, donde aparece por primera vez en la literatura cristiana el término Laikos.

2 - La Didaje (80-100)

Nos detendremos en los últimos capítulos (XII y XVI) de uno de los documentos más antiguos y venerados de la patrística. Estos capítulos nos dan un perfil nítido de una de las primerísimas comunidades cristianas.

Lo primero que surge del texto es la comunión esencial de los primeros cristianos que viven unidos por el mandamiento del amor fraterno a tal punto de sentir la vigencia de poner en común todo. Por lo tanto viven como hermanos y cada uno se siente compañero del otro en un mismo plano de igualdad en la concordia evitando toda clase de divisiones.

Pero no es una comunidad amorfa e indistinta. La Didajé trata de asimilar la jerarquía arcaica de tipo carismática-itinerante (apóstoles-profetas-doctores) a aquella de tipo jerárquica institucional (obispos-presbíteros-diáconos).

En esta comunidad así estructurada, el laico aparece como el simple cristiano que vive de su trabajo y comparte sus bienes. Por esto, el cristiano que se niega a trabajar es llamado Traficante de Cristo (Cristemporos), opuesto a cristiano (XII, 3-5).

Este laico es invitado a elegir los propios obispos y diáconos (XV, 1). Era por lo tanto toda la comunidad a elegir sus propios guías. Aparece así, en la distinción de roles, la profunda unidad vigente entre jerarquía y laicos unidos en la elección de sus propios ministros.

La figura del laico que surge de estos textos es la del trabajador que vive honestamente de su trabajo, comparte sus bienes, en especial con los pobres y sostiene a la Iglesia.

3 - San Clemente Romano

Carta a los Corintios (95-98): veremos los capítulos 37.38.40.41.46.

Esta carta mira a resolver problemas en la comunidad de los Corintios, donde la insubordinación había lacerado a la comunidad.

Es en esta carta que aparece por primera vez en la literatura cristiana el término Laicos: “El hombre laico está ligado por preceptos laicos” (Carta a los Corintios 40, 5).

Hagamos un breve desarrollo sobre el término Laicos.

Laicos es originariamente un adjetivo ligado al sustantivo Laos, que significa “Pueblo”.

En un contexto típicamente cristiano, como el de Clemente Romano, en el que Laos es de un modo particular el “pueblo de Dios”, Laicos indica posiblemente a cada miembro del pueblo de Dios, sin ninguna ulterior distinción jerárquica o de cualquier otro tipo. Resumiendo, en el texto Clementino de no fácil lectura, “Laico” es cada miembro que forma parte del cuerpo de Cristo y co-aspira en el único Espíritu de unidad, ofreciendo la liturgia de la vida con el carisma que le es propio.

El laikos anthropos (el hombre laico) de la Carta de Clemente, también se utiliza para distinguir al cristiano no ordenado pero nunca contrapuesto, porque el laico está habilitado a participar de la liturgia con actos culturales propios. Así junto a este uso categorizante, laico designaba también semánticamente a aquellos que pertenecían al laos, al pueblo de Dios.

Resumiendo: en este marco caracterizado por un fuerte sentido de la unidad, el laico, pareciera entenderse, como el cristiano que pertenece simplemente al pueblo, en cuanto que no tiene un puesto específico entre los pastores, entre los sacerdotes, pero es parte del pueblo de Dios. No obstante, también él tiene su lugar y su carisma, una liturgia propia que ofrecer:

“Cada uno de nosotros, hermanos, busque de agradar a Dios en su propio orden, viviendo en buena conciencia y dignidad, sin transgredir la regla establecida de su liturgia” (41, 1).

El laico, no siendo sacerdote en sentido jerárquico (hiereus), es llamado, también en la única vocación en Cristo a ser el “liturgo” de su propia vida, permaneciendo en su orden.

4 - La Carta a Diogneto (170-ca.)

Nos detendremos en los capítulos V-VI; que son los pasajes que nos interesan, ya que se refieren a la laicidad, y a la responsabilidad de los creyentes frente al mundo.

El documento habla de la “doble ciudadanía” del cristiano, esta comporta de hecho algunas consecuencias muy importantes:

a)    Los cristianos son parte del mundo, y no se distinguen o se separan sino por lo que es incompatible con su ciudadanía del cielo.

b)    Como “ciudadanos del cielo”, ellos tienen leyes que superan en perfección las leyes humanas, para esto los cristianos se transforman en el “alma del mundo”.

c)     Los cristianos se ocupan del mundo y de los valores temporales, sabiendo que la ciudadanía celeste supera y relativiza la ciudadanía terrestre.

La “paradoxa politeia” del laico cristiano: (la paradoja que vive el laico en el mundo).

No creo exista otro documento en la antigüedad capaz de expresar, las exigencias, a primera vista opuestas, de la encarnación y de la trascendencia que son propias del cristianismo y que su realización en la unidad, ofrece un aspecto “paradojal”, a los ojos de los que no creen, pues el cristiano está en el mundo, pero no es del mundo.

5 - Conclusión

Paradojalmente se puede afirmar que “Dios es laico”: él en su libertad da inicio con un acto creativo al universo, lo reconoce “bueno”, es decir conforme con el fin y el orden de la creación misma –de la que es Señor, pero que respeta–; y creó al hombre hecho a su semejanza e imagen, al que le deja la posibilidad de errar, de pecar.

En este mismo sentido se puede entender porqué algún teólogo ha afirmado la “laicidad” de toda la Iglesia. No por nada Pablo VI, hablando de la Iglesia, ha dicho de ella: “Tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y misión, cuya raíz hunde en el misterio del verbo encarnado, y que es realizado en forma diversa por sus miembros” (Pablo VI, «Discurso a los miembros de los Institutos Seculares», 1972); expresiones que son retomadas en «Christifideles laici» (Nº 15).

El “pueblo de Dios” en los primeros siglos de nuestra era, y hoy nuevamente, según las enseñanzas del Concilio, es percibido como el ser profundo de la Iglesia. Observaba en 1987 H. de Lubac: El pueblo está antes de la distinción entre laicos y clérigos. Primero que la distinción (…), porque la emanación de Cristo es un pueblo (…). Este pueblo es una comunidad, y en la comunidad está primero la igualdad y después la autoridad, que es un servicio al pueblo (Conf. Christfide. Laic. 15).

Sobre la común dignidad bautismal dice S. Agustín: “…llamamos a todos cristos por el crisma y unión mística, así llamamos a todos sacerdotes porque son miembros de un sacerdocio, a los cuales llama el apóstol S. Pedro «pueblo santo y sacerdocio real»”. (La Ciudad de Dios 20, 10).

Esta común raíz asume en los fieles laicos una modalidad que la distingue, pero sin separarlos de los presbíteros y de los religiosos (conf. «Christfide. Laic.; 15»).

Aquí exactamente se trata de la “laicalidad” propia de los laicos, y no de todos los miembros de la Iglesia. Para los laicos el “mundo” es el ámbito y el medio de su vocación cristiana (conf. Christfide. Laic. 15; L. G. 31).

La laicidad y laicalidad: son en sustancia las bases del ser y del hacer del laico.

Resumiendo:

Laicidad –versus– panteísmo o teocracia:

Por una parte la laicidad es la dimensión nueva y propia del cristianismo. Ella exige la distinción –que no es separación ni confusión– entre planos diversos, que actúan de modo unitario en la vida del hombre. De aquí surge el respeto por la justa autonomía de las realidades temporales que en definitiva es el reconocimiento de aquella libertad que Dios ha dado al hombre y que sin excluir al Absoluto trino, el hombre puede ejercitar y gozar en forma plena y en modo justo.

Por otra parte la laicalidad es una dimensión (y una vocación) que adquiere vida en el ámbito de la comunidad, cuerpo de Cristo, donde las funciones y las tareas, ministerios, carismas y servicios son diversos, pero única la dignidad por el bautismo recibido. Sobre todo y para todos en la Iglesia prevalece el ser “simplemente” cristiano.

Concluimos con una afirmación de San Agustín, que abriendo su corazón de obispo y cristiano, decía a su gente:

“Si me aterra el hecho de lo que yo soy para ustedes, eso mismo me consuela, porque estoy con ustedes. Para ustedes soy el Obispo, con ustedes soy el cristiano. Aquél es el nombre del cargo, éste de la gracia; aquél el del peligro, éste el de la salvación” (San Agustín, sermón 340, I).

6 - Síntesis

La identidad depende de la memoria.

La Didajé:

(80-100)

1ª La unidad.

2ª Corresponsabilidad en la vida de la Iglesia.

Clemente Romano:

(95-98)

Laikos adjetivo ligado al sustantivo. Laos que significa pueblo.

Laico todos los miembros del pueblo en su sentido semántico. Distingue al cristiano no ordenado pero nunca contrapuesto.

Carta a Diogneto:

Final del Siglo II (170)

1ª Doble ciudadanía.

Paradoja que hunde sus raíces en el misterio del Verbo Encarnado

Conclusión:

Laicidad – Versus – Panteísmo o Teocracia. Se opone a la confusión del orden natural con el sobrenatural.

Laicalidad – Dimensión – Vocación en el ámbito de la comunidad eclesial.

Autor: Mons. Roberto Juan González Raeta

Bibliografía Consultada

-        Hubert Jedin: Manual de Historia de la Iglesia, tomo I.

-        Sigfrido Huber: Los padres Apostólicos.

-        Enrico del Covelo: Laici e Laicità Nei Primi Secoli dalla Chiesa.

-        Juan Pablo II: “Christifideles Laici”.

-        San Agustín: La Ciudad de Dios.


CAPÍTULO SEGUNDO

EL LAICADO EN LA IGLESIA DE ANTIOQUÍA
EN EL SIGLO IV, EN TIEMPOS DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

Traducido por Mons. Roberto Juan González Raeta

1 - Introducción

Recordando lo que el papa Pablo VI nos sugería, al decirnos: “es natural y necesario volver a las páginas del Concilio” [1][1], y en vista a descubrir con gozo la coherencia fundamental del pensamiento de la Iglesia, creo que es interesante recurrir a la reflexión de un pastor del siglo IV, de la envergadura de San Juan Crisóstomo, para hacer una lectura comparativa entre su pensamiento y el del Concilio Vaticano II, en especial de la «Constitución Dogmática de la Iglesia» (cap. II, 9 y cap. IV) y el «Decreto sobre el Apostolado Seglar» (Cap. I-III).

El pensamiento de Crisóstomo sobre la materia, lo extraemos de la traducción del Capítulo V de la tesis de Pietro Rentinek: «La cura Pastorale in Antiochia nel IV secolo», quien se fundamenta en los textos de Crisóstomo (Migne en «Patrología series graeca») [2][2].

Esta lectura comparada nos permite rescatar y profundizar la Teología del laicado, para lograr la puesta al día según la tradición y “la sobria penetración del Concilio –que hace más de veinte años, nos decía Pablo VI– y la aplicación fiel de sus normas feliz y santamente emanada”.

La psicología nueva de la Iglesia, donde clero y fieles tendrán que desplegar una magnífica labor espiritual para la renovación de la vida y las acciones de la Iglesia según Jesucristo.

Sólo así emprenderemos la Nueva Evangelización

·       Nueva en su ardor.

·       Nueva en sus métodos.

·       Nueva en su expresión.

Que la Virgen María, Estrella de la Evangelización, nos ayude a recepcionar las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que asista con su amor a los laicos para que sientan con más profundidad la conciencia de su vocación, y así ser partícipes con título pleno en la misión del Pueblo de Dios.

San Juan Crisóstomo

Juan “boca de oro”, es considerado como el más célebre predicador de la Iglesia Antigua y con razón. Es el único de los antiguos que, con su expresión viva, llega inmediatamente al corazón también del hombre moderno.

Nace en Antioquia en el año 344 o poco después; en el año 372 recibe el Bautismo. Sus maestros fueron Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia. Después, Juan se retiró a los montes y pasó cuatro años bajo la guía de un monje; por dos años se da a la vida eremítica, pero una seria enfermedad lo obliga a retornar a Antioquia.

En el año 381 fue ordenado diácono; en el año 386 de presbítero. En los doce años siguientes, su fama de predicador se difunde tanto que, en el año 397, por orden del emperador Arcadio fue destinado a suceder al difunto patriarca Notario de Constantinopla, y el patriarca Teófilo de Alejandría se sintió obligado, no obstante su oposición, a consagrarlo obispo.

Pero, por sus valientes denuncias y amonestaciones, Crisóstomo pronto se granjeó el malestar y la antipatía de la emperatriz Eudosia y del Patriarca Teófilo, a quien desagradaba ver un antioqueño en la sede episcopal de la capital (Constantinopla), logrando crear en torno a él una obscura intriga.

Así en el año 402, Teófilo llegó a la capital para responder a una acusación de los monjes egipcios, reuniendo treinta y seis obispos y se realiza el conciliábulo llamado “de la encina” (402/3) en el que Crisóstomo es declarado depuesto.

El emperador apoyó esta sentencia y envió al incómodo predicador al exilio. Pronto debió llamarlo para calmar la agitación del pueblo; pero inmediatamente surgieron luchas y desacuerdos entre los seguidores y los opositores de Crisóstomo.

Una tentativa de deponerlo mediante un Sínodo fracasó y finalmente el emperador lo exilió por segunda vez a Cucuso en Armenia (404). Pero desde allí Juan Crisóstomo podía mantener relaciones con sus amigos de Constantinopla y de Antioquia, y por esto Teófilo logró que sea transferido a Pitionte (Pitsunda), en las costas orientales del Mar Negro.

Pero por los sufrimientos del viaje, Crisóstomo murió en Comana en el Ponto, en el año 407.

2 - La Dignidad del Laico

Los textos encomillados son citas textuales de San Juan Crisóstomo. El subrayado es mío.

Un estudio sobre la actividad pastoral no puede dejar de indagar cual es la participación activa de los laicos en la actividad pastoral.

En la Liturgia se descubre la igualdad fundamental de todos los fieles, como aparece en cada rito de la celebración de la Eucaristía. Hay diferencias, como los miembros del cuerpo son diferentes pero en las cosas necesarias todos los fieles son iguales, todos pertenecen al mismo Cuerpo de Cristo. Las diferencias entre los miembros son necesarias para cumplir las diversas funciones del cuerpo, pero todos participan del mismo honor de todo el cuerpo. No hay, por lo tanto, motivo para que uno pretenda ser más que el otro; además porque todo es don de Dios para utilidad de todo el Cuerpo.

Todos los fieles han recibido el mismo bautismo y pueden participar de la misma mesa espiritual. También la doctrina es para todos igual. Hay un solo rebaño y todos pertenecen al mismo Pastor. Todos han recibido la filiación de Dios y pueden llamar a Dios: “PADRE”.

Por lo tanto, todos los fieles son iguales y unidos con muchos vínculos:

“Os conviene habitar juntos en la iglesia, como en una sola casa; de sentirnos unidos como miembros de un solo cuerpo: hay un solo bautismo, una sola mesa, una sola fuente, una sola creación, como hay un solo Padre. ¿Por qué estamos divididos y lacerados, mientras tenemos entre nosotros tantos lazos de estrecha comunión?”.

Dada la igualdad fundamental de todos los fieles, todos los cristianos del mundo son llamados a la santidad, mucho más, cada fiel en cuanto sea fiel, es santo. La perfección cristiana no es sólo para los monjes y los sacerdotes: la oración y la penitencia de éstos no pueden dispensar a los otros. En verdad, hay diversos caminos para la perfección: Cristo ha declarado que junto al Padre hay muchas moradas, pero, por uno u otro camino, todos deben tender a la perfección: las bienaventuranzas del Señor valen para todos.

No existe una perfección reservada a los monjes y otra a la vida cristiana, menos esforzada, para los cristianos en el mundo, como si fuera suficiente ser semicristiano. Cada fiel tiene la obligación y es capaz de practicar todas las virtudes; para esto no es necesario refugiarse en los montes y hacerse monjes, pero se requiere la disposición interior y la generosidad de ánimo de separarse de las cosas visibles y de adherirse a la vida divina. La única diferencia con los monjes es que estos buscan la perfección por medio de la virginidad, mientras que los otros deben aspirar a la misma perfección en el matrimonio.

No es necesario imitar todas las prácticas monacales; se trata de una disposición fundamental, por ejemplo, no le está prohibido al cristiano bañarse, de cuidar su cuerpo, de ir al foro, de poseer una casa, de tener servidumbre, de comer y de beber; pero siempre se debe rechazar la avaricia y la concupiscencia.

El monje practica la castidad perpetua, pero cada cristiano debe vivir la castidad en el matrimonio; el monje ha renunciado a todos sus bienes, pero cada cristiano tiene el deber de ser generoso con la limosna. El centurión Cornelio demuestra que ni el servicio militar es obstáculo para una vida virtuosa.

Todos los fieles, sacerdotes y laicos, han recibido el mismo Espíritu y llamados a la adopción de hijos; por lo que el gobierno de la Iglesia no puede ser otro que un servicio a los hermanos. Como Obispo de Constantinopla, San Juan Crisóstomo se pregunta, en qué sentido el superó a los otros fieles, y se responde: En la preocupación, en las fatigas, en la solicitud, en aquello que sufro por ustedes. No sólo los sacerdotes ofrecen sacrificios; cada fiel debe ser ministro de Dios: cada fiel es sacerdote de su propio cuerpo.

Gracias al bautismo se pertenece al pueblo sacerdotal; todos los fieles juntos constituyen “la plenitud sacerdotal”.

“Tu has sido hecho rey, sacerdote y profeta: rey, porque has rechazado todas las acciones vulgares y extirpado los pecados; sacerdote porque te has ofrecido vos mismo a Dios, y has sacrificado tu cuerpo y a ti mismo: si nosotros hemos muerto con él, viviremos con él (2 Tim. 2,11); por último, profeta porque eres instruido sobre el futuro e inspirado y sellado por la potencia divina”.

3 - El Deber del Apostolado

La común dignidad de los fieles como miembros del cuerpo de Cristo es el principio de las funciones y de los deberes de cada miembro ante todo el cuerpo. Ningún miembro es autosuficiente o puede retener riquezas para sí; un egoísta se hace mal a sí mismo y a todo el cuerpo. Por esto todos tienen la responsabilidad de los otros miembros para contribuir así a la edificación del cuerpo común; “Nada agrada tanto a Dios que vernos afectuosos hacia nuestros miembros, plenos de ternura por nuestros hermanos y seriamente preocupados por la salvación del prójimo”.

Cada uno tiene la preocupación de la salvación de sus hermanos; ningún cristiano puede contentarse de preocuparse por sí mismo y de atender la propia salvación; aquél que descuida la salvación del prójimo, falta a la caridad, y por esto peca contra Cristo y destruye su obra. No se puede dejar esta preocupación a los sacerdotes o, a los monjes, con la excusa de ser laicos con una familia y con quehaceres.

San Juan Crisóstomo afirmaba de estar convencido que no podemos obtener la salvación, si no nos preocupamos y cuidamos del bien común. La propia vida virtuosa no es suficiente si falta la preocupación y la atención de los demás; en el preocuparnos, por lo tanto, de la salvación de los hermanos, nos hacemos bien a nosotros mismos. Si uno tiene pocas ganas de preocuparse por el bien de sus hermanos, lo haga al menos, por si mismo y por su bien, porque no hay otro medio para salvarse. En sus catequesis, Crisóstomo llama frecuentemente a los neófitos soldados de Cristo: y por lo tanto “el soldado que busca salvarse en la batalla con la fuga, pierde la vida junto a los otros; por el contrario cuando él con valentía toma las armas por las otras, él se salva junto a los otros”.

“Nada es más estéril para un cristiano que descuidar la salvación de los otros”. La comunión más íntima con Cristo consiste en el practicar su voluntad: y bien, fundamentalmente la voluntad del Señor es que seamos útiles al prójimo. El Apostolado es la verdadera imitación del Señor y el signo más alto de amor hacia Cristo. El apostolado pertenece por lo tanto a la esencia de la vida cristiana: el verdadero cristiano se preocupa de los otros por íntima necesidad.

Es por esto que Cristo nos exhorta a ser la sal de la tierra, la levadura para fermentar nuestro ambiente; la semilla que debe dar fruto; la luz que ilumina a los cercanos:

“Que vuestra luz sea tan grande que no os ilumine sólo a vosotros; que vuestra luz resplandezca también delante de los hombres que tienen necesidad de su guía”.

4 - Las Formas del Apostolado

El apostolado de los laicos es una ayuda y una cooperación a la actividad pastoral de la jerarquía. Como los laicos tienen necesidad de los sacerdotes, así las fatigas de los sacerdotes permanecen inútiles sin la colaboración de los laicos. Más que los otros, los sacerdotes tienen necesidad de las oraciones de todo el pueblo. La responsabilidad de los laicos frente al clero aparece también en su colaboración en la elección de los clérigos y de los obispos.

Los laicos cooperan con el clero mediante sus consejos; San Juan Crisóstomo se manifiesta muy contento cuando algún fiel criticaba lo prolongado de sus predicaciones: la crítica, de hecho es un signo de amor y de solicitud hacia los sacerdotes. Por su parte, los sacerdotes deben ser abiertos para aceptar las críticas y los consejos de los fieles: no importa mirar la persona del que interviene, sino evaluar seriamente el valor de sus consejos y, por últimos atenerse a los consejos útiles.

Tal era el comportamiento de los apóstoles; una misma actitud demostró, también, Moisés, cuando aceptó el consejo de su suegro Jetró: si Moisés se atiene al consejo de su suegro, cuanto más, la misma actitud se impone a la Iglesia. Moisés, aquél hombre espiritual, tuvo que aprender de un hombre profano: este hecho demuestra que todos los grandes milagros realizados por Moisés, no deben ser atribuidos a la naturaleza humana, sino a la potencia divina. La intervención de Jetró hace ver que Moisés era un hombre normal, como los otros, necesitado de la ayuda y del consejo de los otros. Así también los sacerdotes, si bien están dotados de un gran poder divino, permanecen hombres y tienen necesidad del consejo de los otros, como cada hombre.

Por otra parte, los laicos deben tener presente que ellos pueden dar sólo un consejo, no un mandato; los laicos no son tiranos, sino consejeros y no pueden pretender que el obispo tenga la obligación de seguir siempre sus puntos de vista. Sería un signo de arrogancia querer seguir sólo la propia opinión, como si esta fuese necesariamente la mejor y la más útil. Gozaremos de una mayor recompensa si aceptamos el parecer de los otros, cuando quizá no podemos comprender el valor intrínseco de sus argumentos; ni siquiera se puede negar el amor y la obediencia hacia los sacerdotes que se comportan indignamente.

Los laicos están, por lo tanto, sujetos a la jerarquía y, en consecuencia, también sus actividades pastorales se ejercitan en dependencia de los sacerdotes. Esta sumisión se ve, por ejemplo, en la participación de los laicos en la enseñanza de la Iglesia, aunque no están autorizados a tomar la palabra públicamente en Ella.

Excluidos de la enseñanza pública, los laicos tienen la obligación de enseñar privadamente, cada uno entre los suyos. De hecho la enseñanza oficial de los sacerdotes no es suficiente: el sacerdote predica algunas veces, o sólo una vez en la semana; se requiere, por lo tanto, la cooperación de los laicos para una instrucción permanente de todos y cada uno de los fieles.

San Juan Crisóstomo exhorta a sus oyentes a transmitir el contenido de la predicación a los ausentes, a los vecinos, a los amigos, y por último a los enemigos, ya que los fieles son responsables de la salvación de los hombres. Recomienda además, discutir fuera de la Iglesia la predicación entre los amigos, revelando lo que cada uno recuerda de la predicación. Los fieles deben, por lo tanto, escuchar atentamente la predicación, no sólo por sí mismos, sino también por los otros: después de ser instruidos, los fieles se transforman a su vez en maestros de los otros. Con este esfuerzo común, la PALABRA DE DIOS se difundirá y aportará frutos.

El sacerdote debe pensar en todos los presentes; estos, por su parte, son responsables de los que permanecen ausentes. De esta manera, el sacerdote es capaz de ponerse en contacto con todos los ausentes. Así, por medio de los presentes, el sacerdote puede instruir a todos los otros. Si los fieles difunden su palabra, el sacerdote puede encontrar el coraje de enseñar con gozo, aunque los presentes sean pocos. Los laicos bien instruidos están en grado de discutir con los herejes y con los paganos para convencerlos a que abracen la verdadera fe. Cada fiel debe dar testimonio de la fe y justamente la predicación procura los elementos para responder a los interrogantes de los otros. Contra la voz del diablo se debe hablar con modestia y con mansedumbre, según el ejemplo de CRISTO: cada fiel debe hablar como otro CRISTO con su voz y con su humildad.

En todo su hablar, el fiel debe evitar el tener conversaciones profanas, que no sirven de nada, sino hablar en modo de hacer un bien espiritual a los que nos escuchan. Con este modo de hablar se puede favorecer una sana opinión pública y ayudar a los más débiles; los hombres más fuertes no tienen necesidad de ser alentados por las masas.

Un aspecto importante del apostolado de los laicos es la corrección fraterna: no es suficiente evitar los pecados, es necesario ayudar a los hermanos a arrancarlos del pecado; darle consejos y exhortarles a la perfección, según el precepto de San Pablo de edificarse mutuamente. Aquel que no amonesta al prójimo, lo confirma en su pecado y lo deja cada vez más descuidado, hasta su perdición. La corrección fraterna es, por lo tanto, una simple consecuencia de la caridad hacia los otros, de la preocupación por la salvación de los otros. No se debe tener miedo de hacerse enemigos en el corregir a los otros, porque uno que descuida la corrección fraterna, se hace culpable de los pecados del prójimo y con esto se hace enemigo de Dios.

Los sacerdotes no pueden conocer a todos los fieles para corregirlos en el momento oportuno; por el contrario, aquellos que están siempre en compañía de sus hermanos y conocen de cerca su modo de vida y sus defectos y que han obtenido además su confianza, pueden intervenir eficazmente con una corrección o con una exhortación. El deber de corregir al hermano corresponde sobre todo a los de la casa, con los que se vive siempre junto.

En el corregir a los otros laicos se debe actuar en conformidad con las admoniciones de los sacerdotes en la predicación y mejorar a los hermanos según los criterios dados por ellos.

Todos tienen necesidad de estas correcciones, porque ninguno, ni el más sabio, está sin defectos. La corrección fraterna sale al encuentro de la debilidad de la naturaleza humana. Por esto se debe aceptar toda corrección con gratitud, como una medicina contra el pecado y como una ocasión de mejorar, y no con odio y enemistad. Inclusive cuando una admonición sea injusta, se debe aceptar como signo de verdadera amistad.

Para que la corrección sea recibida bien, será necesario que se corrija de tal manera que el pecador pueda experimentar que la reprobación viene de una sincera caridad fraterna (no detenerse en los pecados del hermano). No conviene corregir a los otros con deseo de criticar o por descubrir los pecados del prójimo. Se debe corregir privadamente o actuar de tal manera que no ofenda la buena fama del hermano; aquel que habla mal del prójimo debe tener presente que, difamando a un miembro de la Iglesia, se daña a toda la Iglesia.

El celo contra el pecado debe estar acompañado de mucha prudencia y serenidad: una corrección dada en un momento de rabia no corrige, por el contrario turba el ánimo del hermano.

Se requiere, también, mucha paciencia y no se debe desesperar cuando no se ve inmediatamente un resultado concreto o cuando el pecador no quiere escuchar.

“Dios habla con nosotros todos los días, y no escuchamos, a pesar de esto, Él no cesa de hablar. También tu debes imitar esta actitud hacia el prójimo”.

Por esto estamos unidos entre nosotros y habitamos en la ciudad y venimos juntos a la Iglesia, para soportar los unos, el defecto de los otros, para corregir recíprocamente nuestros pecados. Con la paciencia se logra convencer a los pecadores con el andar del tiempo, particularmente cuando reforzamos nuestras exhortaciones con una vida irreprensible.

De hecho, nada es más convincente que el ejemplo de vida: nuestras correcciones no sirven de nada sin el testimonio de vida, con una vida virtuosa se puede enseñar sin decir una palabra. La vida virtuosa no es, por lo tanto, sólo para nuestro bien, sino que la vida y las obras de los fieles puedan invitar a los otros a imitar el ejemplo. Los que motivan a los otros a practicar las virtudes con el ejemplo de su vida, participan también de la recompensa de hacer buenas obras.

De lo contrario, con una vida pecadora los fieles son un escándalo para los otros y llevan a los más débiles a imitar el mal ejemplo: y así se transforman en culpables de la negligencia de los otros. San Juan Crisóstomo aconseja, particularmente a los ancianos, de evitar escándalo delante de la juventud, porque:

“Si aquel que practica la virtud no recibe solamente la recompensa de sus propias fatigas, sino que también recoge el fruto del servicio, que él ha hecho a otros, en el atraer gente al celo y a la imitación de su virtud; por el contrario aquellos que practican el mal, deberán rendir cuenta muy severamente, por ser para los demás causa de caída”.

En todo lo que el cristiano hace, debe ser ejemplo para los otros. Este “Apostolado del ejemplo” mira también el mundo del trabajo: el trabajo mismo es una obra espiritual y digna de aquel que busca las cosas espirituales. El trabajo es un remedio útil contra el pecado: aquel que está ocupado en el trabajo no tiene ocasión de perder su tiempo en ociosidad y pensamiento deshonesto. Por otra parte, el trabajo nos da la posibilidad de hacer el bien a nuestros hermanos, de compartir lo superfluo de nuestras ganancias con los pobres.

La vida cristiana tiene, por lo tanto, por esencia, un carácter social: cada cristiano tiene su parte en la edificación de toda la Iglesia.

Todos los cristianos juntos pueden crear un ambiente en el que será posible y siempre más fácil practicar la virtud. La calidad de la comunidad depende de todos.

Traducido por Roberto Juan González Raeta, Pbro.

G. in D.

Índice

I)      Raíces de la Vocación y la Espiritualidad laical en los siglos I y II

1.      Introducción

  1. La Didajé
  2. San Clemente Romano
  3. La Carta a Diogneto
  4. Conclusión
  5. Síntesis

II)    El Laicado en la Iglesia de Antioquia en el S. IV. En tiempos de San Juan Crisóstomo

  1. Introducción
  2. La Dignidad del Laico
  3. El Deber del Apostolado
  4. Las Formas del Apostolado


[1][1] Juan Pablo II, “Los laicos, miembros del Pueblo de Dios”, L’ Osservatore Romano, año XIX, no 9, Página 1.3.1987.

[2][2] Pietro Reninek, “L’ Cura Pastorale in Antiochia nel IV secolo; cap. V”. Universitá Gregoriana, Editrice, Roma 1970.